Hacía ya más de una luna que me perseguía una canción, se metió en mis oidos a través del hueso de caracol, y descendió garganta abajo, hasta detenerse ante mi laberinto de paredes tíbias. El piano de juguete, no hacía más que deslizar sus teclas al ritmo de mi corazón, que latia anestesiado y bebia sangre para luego escupirla. Una idea se hizo viva en mi mente, la necesidad de balancearme hacia la utopía en un columpio mientras como dice la canción todo el mundo es verde.
Representar desde mi papel de niña vieja el papel de la sombra o del hada, caminar vestida de negro con mis zapatos de tacón rojo, hacia el pais de Oz, e ir retirando una a una las migas de pan para borrarte el camino de vuelta. Sobornar a los árboles con un millón de primaveras para que no respondieran a tus preguntas de inviernos y otoños. Coser alas de mariposa a las hormigas para que volaran a esa nube en forma de ciudad y se olvidaran de trabajar en un futuro idéntico al tuyo.
Les daría un alma a las piedras para que cada glope doliera menos y las heridas de amor escocieran solo como las de la piel. Convencería a las estrellas para que fuesen los ojos de los habitantes de mi mundo y todo el mundo solo vería la inquietente y rotunda belleza de la luna.
Llegaría a un pacto con los espacios para que las distacias fueran de una mirada y una caricia.
Le cambiaría al tiempo, sus numeros fraccionados por viajes infinitos y a la aguja vacía del tic tac para que no se sintiera sola, le pincharía un beso sin memoria.


